martes 23 de octubre de 2018 - Edición Nº546
El Teclado » Derechos Humanos » 16 sep 2018

[DERECHOS HUMANOS] CCD BRIGADA DE SAN JUSTO

“A mí no me mueve el odio o la venganza, sino la búsqueda de justicia por mis compañeros de la UES”

Lo dijo Adriana Martín, la sobreviviente del CCD Brigada de San Justo, al terminar su testimonio. En septiembre de 1977 fueron secuestrados 10 estudiantes que integraban la UES. Nueve de ellos continúan desaparecidos.


Por:
Virginia Ilariucci

En una nueva audiencia del juicio por los crímenes cometidos en la Brigada de Investigaciones de San Justo el pasado 5 de septiembre dieron testimonio ante los jueces del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°1 de La Plata, Nelson Jarazo, Pablo Vega y Alejandro Esmoris, familiares de jóvenes desaparecidos integrantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) de zona Oeste, Marcela y José Gabriel Fernández, Hermann Von Schmelling, y una sobreviviente del CCD, Adriana Cristina Martín

 

Cada 16 de septiembre se conmemora el “Día de los derechos de los estudiantes secundarios”. La fecha fue instituida con la sanción de la Ley 10.671 y su modificación con la Ley Nº 12.030 en la Provincia de Buenos Aires en recuerdo de la "La Noche de los Lápices", tal como se denominó al operativo de fuerzas conjuntas en el que a partir de ese día de 1976 fueron secuestrados un grupo de estudiantes secundarios y militantes de la UES en la ciudad de La Plata.

 


[Los rostros de las víctimas de La Noche de los Lápices, en la marcha del pasado viernes en La Plata. Foto: El Teclado]

 

Les jóvenes, que tenían entre 16 y 18 años, fueron sometidos a torturas y vejámenes en distintos centros clandestinos, entre ellos el Pozo de Arana, el Pozo de Banfield, la Brigada de Investigaciones de Quilmes y la Brigada de Avellaneda. Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Úngaro permanecen aún desaparecidos.  

 

Pero ese septiembre de 1976 no fue la única Noche de los lápices. Un año después, pero en la zona oeste del Conurbano bonaerense, otro grupo de militantes de la UES fueron secuestrados, torturados y desaparecidos por la dictadura genocida y también componen la nómina de 232 de adolescentes secuestrados durante el terrorismo de Estado. Ellos son “La Negrita” Sonia Von Schmeling, Marcelo Roberto “Chelo” Moglie, Enrique Ricardo “Pluma” Rodríguez, Ricardo “Polenta” Pérez y los hermanos Jorge Luis y Alejandro Fernández, que eran militantes de la UES de Ituzaingo y Castelar. Todos ellos, junto a otros compañeros, fueron detenidos entre el 16 y el 28 de septiembre de 1977.

 

Durante ese período también fue detenido Alejandro Fabián “Indio” Aibar, de la UES de Moreno y los hermanos Osvaldo Raúl- apodado “Café”- y Ernesto Lorenzo “Topo” Corrales fueron secuestrados el 7 de septiembre, por su militancia en la UES del partido de 3 de Febrero. Todos fueron llevados a la Brigada de Investigaciones de San Justo, y según el testimonio de Adriana Martín, la única sobreviviente, el grupo fue trasladado el 28 de diciembre con rumbo desconocido. Todos ellos permanecen desaparecidos.


[LOS TESTIMONIOS] 

 

Adriana Cristina Martín tiene 56 años y todos los recuerdos a flor de piel que le caen a borbotones de la boca. A sus 14 ya militaba en la UES y en Montoneros. Era la presidenta del centro de estudiantes de su colegio. Adriana fue secuestrada dos veces y de ambas sobrevivió para dar testimonio del horror genocida que le tocó vivir a ella y a sus compañeros. El 16 de diciembre de 1976 fue detenida y permaneció tres meses secuestrada en la Comisaría 3ra de Castelar, bajo la órbita de la Fuerza Aérea. Cuando la liberaron le hicieron una advertencia: que vuelva al Colegio, pero que iba a estar vigilada.

 

Nueve meses más tarde, el 29 de septiembre de 1977 a eso de las 23 hs. una patota de entre 8 y 10 personas, entre uniformados y civiles, irrumpieron en su casa. Rompieron todo lo que había a su paso, golpearon a su madre y sus hermanos y se la llevaron esposada y tabicada en un auto, que era seguido por un convoy.

 

Luego de un trayecto largo, la bajaron del auto, la hicieron subir por un terraplén y la llevaron directamente a la sala de torturas. Tenía en ese momento 15 años. Desnuda y atada de pies y manos a una cama metálica, comenzó una de las tantas sesiones de tormentos que Adriana sufrió en la Brigada de Investigaciones de San Justo. Uno, desde atrás, le preguntaba por gente que ella no conocía. Otros dos se ocupaban de su cuerpo: uno le tiraba agua y el otro le aplicaba la picana eléctrica. “Te vamos a matar zurda de mierda”, le decían entre descarga y descarga.

 

La ubicaron en la última celda, la que estaba frente al baño. Sola. La puerta estaba rota, corroído el metal de la parte de abajo. El lugar era húmedo, frío y tenía un olor espantoso. “Casi no dormía, trataba de estar siempre alerta, sobre todo por las noches. La comida que le daban era desagradable, unos guisos aguados con polenta o fideos”, describió. Adriana trataba de no comer mucho, no porque no tuviese hambre, sino porque tenía que insistir mucho para que la llevaran al baño. Muchas veces, terminaba haciendo sus necesidades en un rinconcito del lugar.

 

Un día de noviembre la dejan en el pasillo de la sala de torturas. Escucha una voz que la llama y le dice: “Decile a Zora que la amo. Vos vas a salir, yo no salgo de acá con vida”. Era Rubén Enrique Cabral, el novio de su hermana Zoraida Martín. Tenía 24 años, era trabajador de la empresa IBM y militante de la Juventud Peronista. Fue secuestrado en su casa de Villa Irupé, en septiembre de 1977. Un tiempo después Adriana lo llamaba y él ya no respondía. Cuando pasaban lista, ya no lo nombraban.

 

Ya habían pasado casi dos meses y un día escucha a alguien toser. Le resultó familiar, ella conocía ese sonido: era su padre. Lo empieza a llamar, con desesperación. Manuel Ángel Martín fue secuestrado por la dictadura en dos oportunidades. Su segundo secuestro fue en noviembre de ese año y estuvo detenido junto a Hermann Von Schmelling, el papá de “La Negrita”. “Soy yo, estoy acá. Me están dando picana. Ya mataron a Hermann, mataron al paraguayo”, le dijo Don Martín desde su hueco.

 


“A mí no me mueve el odio o la venganza sino la búsqueda de justicia por mis compañeros de la UES, de la JUP, por los asesinados en la Brigada de San Justo”, cerró Adriana su testimonio ante los jueces.



A Adriana la llevan a otra celda y allí se encontró con Sonia Von Schmelling. “Estaba muy mal, lloraba mucho, rezaba, hablaba de su familia. Admiraba mucho a su papá, al militante. Yo no le podía decir que había muerto”, recordó Adriana en la audiencia. En diciembre, las llevan a ambas a otro lugar, que era más grande y tenía un baño y un altillo lleno de libros. Allí estaban alojadas Claudia y Rosana Kohn y Graciela Gribo. Ese lugar estaba frente a una celda en la que había presos comunes. De celda a celda, ellos les dijeron que estaban en la Brigada de San Justo. Adriana corroboró con posterioridad ese dato cuando tomó contacto con María José Lavalle Lemos, que fue apropiada por la cabo de la policía Teresa Gonzalez, que se desempeñaba en esa dependencia. Adriana reconoció en una foto a la guardia que estaba los fines de semana. Marcelo Moglie, que cantaba mucho, siempre le dedicaba unas estrofas: “Estos 17 presos, le agraden a Teresa, por traerles milanesa”, le cantaba, irónicamente, El Chelo.

 

Ante el tribunal Adriana pudo dar cuenta de sus compañeros de cautiverio. Además de su padre Manuel, mencionó a “La Negrita” Sonia Von Schmeling y su padre, Hermann, Enrique Ricardo “Pluma” Rodríguez, Alejandro Fabián “Indio” Aibar, los hermanos Jorge Luis y Alejandro Fernández, Ricardo “Polenta” Pérez, Marcelo Roberto “Chelo” Moglie, Rubén Enrique Cabral, Claudia y Rosana Kohn y Graciela Gribo.

 

El 28 de diciembre sufrió un simulacro de fusilamiento. Esa madrugada había mucho movimiento en la Brigada. Ruidos, autos, puertas cerrándose con fuerza. “Me suben a un auto, hacemos un trayecto muy largo y me bajan. Estaba esposada y tabicada. Me hacen arrodillar y ubican a otra persona a mi lado. Primero escuché una ráfaga de tiros. Después me gatillaron 3 o 4 veces en la cabeza y me desvanecí. Cuando desperté estaba sola en una celda. Ya no había nadie más”, describió Adriana otra de las torturas a la que fue sometida.

 

Entre todos los pibes de la UES había una consigna y un juramento: El primero que salía en libertad iba a la casa de los demás a contar a sus familias. Adriana memorizó direcciones y un teléfono y cuando la liberaron el 30 de enero de 1978, cumplió su promesa. Al llegar a su casa estaba irreconocible, le habían cortado el pelo, estaba sucia y la ropa le quedaba enorme ya que había perdido muchos kilos. La mayor alegría fue que su hermana, que fue detenida en Mendoza y estuvo cautiva en El Palomar y en la mansión Seré, y su padre ya estaban de nuevo con su familia.

 

“A mi no me mueve el odio o la venganza sino la búsqueda de justicia por mis compañeros de la UES, de la JUP, por los asesinados en la Brigada de San Justo”, cerró Adriana su testimonio ante los jueces.

 

En la misma audiencia brindaron testimonio Marcela y José Gabriel Fernández. Sus hermanos Jorge Luís, de 16 años y Juan Alejandro, de 17 años fueron secuestrados el 19 de septiembre de 1977 por un grupo de hombres fuertemente armados que rodeó la casa de la familia en Ituzaingó antes de allanarla. Ambos participaban en la UES del Colegio “San Francisco Solano” de Ituzaingó.

 

[Marcela Fernández dio testimonio por sus hermanos desaparecidos. Foto: El Teclado]

 

Marcela tenía 10 años pero el recuerdo de esa noche de terror estaba intacto. A eso de las 23 hs. escucha ruidos en el jardín de su casa, voces que se acercaban. Golpean la puerta y se presentan como “fuerzas de seguridad”. Ella estaba en su cama y desde allí veía la puerta de la habitación de sus hermanos. Pasaron tres hombres uno de civil y los otros con ropa de fajina y armados con itakas. A uno lo vio bien: era alto, robusto, moreno. Su mirada se le quedó grabada para siempre. Al igual que sus borceguíes. Para resguardarla su madre cerró la puerta.

 

José Gabriel tenía 14 años y estaba allí con sus hermanos. Contó que los hombres preguntaron por otra persona, por “Rulo Ramírez”. Les dijeron que a Juan Alejandro se lo tenían que llevar para identificarlo. El padre quiso acompañarlos pero antes de que pudiera vestirse ya se habían ido en una camioneta negra y en un Ford Falcon blanco. El padre va hasta la comisaría más cercana a preguntar por su hijo, infructuosamente. Cuando regresaba al hogar, ve nuevamente los autos, y cuando se los cruza, le dicen: “Ya les dejamos al pibe”. Muy por el contrario, habían vuelto y se llevaron también a Jorge Luis.

 

El padre Juan José Fernández envió notas a todos los organismos castrenses. La madre, Inocencia González de Fernández, recorrió todas las comisarías preguntando por su hijos, y así tomó contacto con otras que estaban en su misma situación. Conoce a Nora Cortiñas e ingresa a madres de Plaza de mayo de zona Oeste. A partir de ese momento la llamaban Elsa de Castelar. Fue así que se enteraron que entre uno y otro secuestro de los hermanos Fernández, la patota había ido a buscar a otro de los pibes de la UES, no muy lejos de allí: Esa noche se llevaron a Marcelo Moglie. También supieron que esa madrugada, un par de horas después, con los mismos autos y la misma metodología, chuparon a Alejandro Aibar, en Merlo. Fue un operativo.

 

“A los 10 años supe lo que es tener hermanos desaparecidos, tener una ausencia permanente. Tener que ser medio payasa para levantar los ánimos en casa. Tardé muchos años en reconocer que esto nos pasó a nosotros”, dijo Marcela. También hizo referencia a que los imputados, por permiso del Tribunal, no solo no concurren a la sala de audiencias en La Plata, sino que la mayoría tampoco van a los tribunales más cercanos para seguir el debate por videoconferencia. “No puedo creer que no estén ni por televisión. Yo hace 41 años que espero para mirar a los ojos a quienes nos arruinaron la vida. Son asesinos. Mi madre hace una semana me dijo que todavía los espera”, le reclamó a los jueces.

 

[Los jueces Esmoris y Jarazzo. Atrás, en la pantalla no se ven los imputados. Foto: El Teclado]

 

Por último, declaró Hermann Von Schmeling, hermano de Sonia Se llama igual que su padre desaparecido. Su padre tenía 38 años y era directivo de la empresa C.A.D.E.C.A.. Fue secuestrado por la dictadura en dos oportunidades, y tenía un gran compromiso con la comunidad de Villa Udaondo, en especial con lo que hoy es la Unidad Sanitaria “17 de Octubre”, la entonces salita del barrio. La primera vez fue el 8 de octubre de 1976 y permaneció detenido en la Comisaría 3ra de Castelar hasta mitad de noviembre de ese año. La segunda vez se llevaron a los dos.

 

A Sonia Von Schmeling, de 16 años, le decían “La Negrita”. Concurría al Colegio Nuestra Señora de Lourdes, en Villa Udaondo, partido de Castelar y militaba en la UES. Fue secuestrada el 28 de septiembre de 1977 de la casa en Olivos a donde se habían mudado tras el secuestro de Hermann. A pesar del peligro, Sonia que cumplió sus 17 en cautiverio, no quería perder su grupo de militancia y sus compañeros, así que siguió yendo al mismo colegio. Nunca pudo conocer a su hermanita menor Heidi que nació el 24 de octubre. El 15 de noviembre secuestran por segunda vez al padre de la familia. Nunca más los volvieron a ver.

 

“Hasta el 83 los esperábamos. A partir de allí supimos que ya no iban a volver. Tuvimos que dejar de esperar a seres queridos que nunca vimos sus cuerpos. La desaparición forzada es el crimen de crímenes. Dejan a los familiares en una eterna, perenne, perpetua espera”, expresó Hermann, hoy de 48 años, ante la audiencia.

 

Cerró su testimonio señalando que ese día fue histórico para él. Extraño y nostálgico. Tener que seguir pidiendo justicia después de 41 años. Aprovechó para manifestar su repudio a los beneficios que le dan a los imputados y culminó con una frase de Montoneros que resonó en toda la sala. “Seremos libres, seremos muertos, pero jamás esclavos”. [El Teclado]

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