martes 20 de noviembre de 2018 - Edición Nº574
El Teclado » Derechos Humanos » 18 sep 2018

[DERECHOS HUMANOS] GENOCIDIO

A 12 años de su segunda desaparición forzada sigue vigente la pregunta: ¿Dónde está López?

La primera fue en 1976, la definitiva ocurrió 30 años después. Pero también lo desapareció la justicia, el periodismo, la política. Hoy no hay procesados ni detenidos por su secuestro y desaparición. Lo único vigente es el reclamo de Justicia.


Por:
Virginia Ilariucci

A Jorge Julio López lo desaparecieron dos veces. O quizá más.

 

La primera, la noche del 27 de octubre de 1976, cuando Miguel Osvaldo Etchecolatz con su patota irrumpieron en su casa de Los Hornos y lo secuestraron frente a su familia. Le ataron los brazos con un alambre y le pusieron un pullover amarillo en su cabeza y lo subieron a un carromato. Por el tejido “yo veía todo, no se dieron cuenta nunca que yo veía, iba viendo todo a dónde me llevaban”, contó López en el juicio de 2006. Reconoció a quien manejaba, a quien comandaba el operativo y su ladero, que después identificó como Etchecolatz y Hugo Guallama, el recorrido que hicieron buscando a otra gente hasta que llegaron a su primer lugar de cautiverio donde comenzó la tortura.

 

[Miguel Osvaldo Etchecolaz, en el juicio en que lo condenaron a prisión perpetua en 2006 en La Plata]

 

López estuvo detenido-desaparecido en cuatro centros clandestinos: la División de Cuatrerismo, el Pozo de Arana, la Comisaría Quinta y la Comisaría Octava, donde fue torturado y presenció varios asesinatos, entre ellos los de dos compañeros de militancia en el barrio, Ambrosio Francisco de Marco y Patricia Dell Ortto.

 

El 4 de abril de 1977, cinco meses y cinco días después de haber sido secuestrado, López fue "blanqueado", es decir pasó a estar a disposición del Poder Ejecutivo nacional y formalmente detenido, sin juicio, en la Unidad penal N° 9 de La Plata. El 25 de junio de 1979 recuperó su libertad.

 

Durante 30 años, “El viejo” se dedicó, en silencio, a registrar todos y cada uno de sus recuerdos para el día en que sus represores fueran juzgados. Hizo su propia pesquisa. Con excusas, rondaba las zonas donde recordaba haber estado e identificó lugares y personas relacionadas con su secuestro. Lo plasmó en pedazos de bolsas de cemento de las obras en las que trabajaba como albañil, confeccionó planos de los lugares de detención, hasta hizo retratos de sus captores. Y ese día llegó. Primero dio testimonio en los “Juicios por la Verdad” ante los jueces de la Cámara de Federal de Apelaciones y luego ante un tribunal penal que dictaría sentencia. Ese fue el inicio de un proceso que durante más de 20 años venían reclamando los organismos de Derechos Humanos y parte de la sociedad.

 

[Uno de los dibujos de López. Foto: Gentileza de Jorge Caterbetti, el artista que compiló los manuscritos]

 

Durante el primer juicio oral y público que se realizó en el país luego de que cayeran las leyes de impunidad que impedían los procesos penales, se produjo su segunda desaparición. El juicio que se le siguió a Etchecoltaz en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata estaba llegando a su fin. López, como otros sobrevivientes y familiares, declararon ante el Tribunal Oral federal N° 1 de La Plata, integrado por los jueces Carlos Alberto Rozanski, Horacio Alfredo Isaurralde y Norberto Lorenzo.

 

La mañana del 18 de septiembre de 2006, López, ya con 77 años, había arreglado con su sobrino Hugo Savegnago, para que lo pasara a buscar por su casa e ir a escuchar los alegatos. Cuando Hugo llegó, no estaba. Primero pensaron que había ido a caminar, o que había ido solo. Era un monto muy esperado por López que lo tenía ansioso. Los compañeros que ya estaban en la puerta de la Municipalidad dieron cuenta que no había llegado. ¿Dónde estaba López?, se preguntaron. La sobrevivientes Nilda Eloy fue la primera que se atrevió a ponerlo en palabras: “Al Viejo López lo chuparon”, le dijo a Verónica Bogliano, abogada querellante e hija de desaparecidos.

 

Ese día desapareció por segunda vez. Al día siguiente Etchecolatz fue condenado a prisión perpetua por los delitos de lesa humanidad en el marco de un genocidio ocurrido en Argentina entre 1976 y 1983, cometidos contra López y otras personas. En sus últimas palabras, antes de escuchar su condena, el genocida dijo “No tendrán vergüenza de poder condenar a un anciano enfermo, sin dinero y sin poder”, aferrado a su rosario. Y más adelante agregó: “No es este tribunal el que me condena, son ustedes los que se condenan”. Con la desaparición de López, estas palabras fueron resignificadas. Quizá no hablaba de si, sino de López. Al escuchar la condena, miró al cielo, beso su rosario y se sonrió.

 

A partir de ese momento, y a lo largo de 12 años, su familia, compañeros de militancia, sus abogadas, todos los organismos de Derechos Humanos no han dejado de buscarlo y reclamar justicia.

 

Al cumplirse 10 años de su segundo secuestro Guadalupe Godoy, abogada que  lo representó, junto a otros, le dijo a Tiempo Argentino: "López significó la certeza de que había que hacer los juicios por crímenes de lesa humanidad y de qué es lo que sucede cuando hay impunidad", analizó tras una década de búsqueda. Y además agregó: "La desaparición de Julio López significó también una mayor conciencia de todo lo que se requería para llevar a cabo una política de juicio y castigo. Fue un quiebre. Ni los organismos quizá habíamos tomado dimensión de lo que se jugaba históricamente. Y que efectivamente estábamos peleando con poderes reales y presentes", detalló Godoy.

 

[Mural en homenaje a Jorge Julio López, a 10 años de su desaparción, en la Universidad Nacional de La Plata. Foto: El Teclado]

 

El expediente de la búsqueda de Julio López tiene 45 cuerpos, acompañada por 59 legajos y 74 anexos. La investigación que comenzó como “averiguación de paradero” y que recién dos años después fue re caratulada como de “desaparición forzada” está centrada en el cruce de llamadas telefónicas realizadas ese 18 de septiembre en Los Hornos y el cotejo de sus huellas dactilares con las de cuerpos hallados en distintos puntos del país.

 

La investigación sobre la causa López tuvo múltiples características: diversas pistas y testigos que admitieron haberlo visto, saber su paradero o disparar las hipótesis más variadas. Si bien el mayor sospechoso sigue siendo el genocida Miguel Etchecolatz, la pesquisa que vincula a su entorno nunca se investigó. Como así tampoco las llamadas telefónicas de los días anteriores y posteriores a la desaparición desde la cárcel de Marcos Paz donde estaba alojado, ni las reuniones que mantuvo allí o los contactos de su agenda. Y nunca se profundizó en investigar a los beneficiarios directos de su desaparición.

 

Entonces quizá hubo otras desapariciones de López. Lo desapareció la justicia, que no investigó seriamente y aún hoy no ha procesado a nadie por su secuestro. Lo desapareció el periodismo, que al comienzo lanzó diversas hipótesis que solo generaban confusión y después simplemente lo olvidó. Lo desapareció la política, que no lo tomó como un crimen de Estado.

 

Hoy, como siempre, durante estos 12 años, sigue abierta la herida y resonando como un grito la pregunta dolorosa e inquisidora: ¿Dónde está Jorge Julio López?. [El Teclado]

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