martes 20 de noviembre de 2018 - Edición Nº574
El Teclado » Derechos Humanos » 13 oct 2018

[DERECHOS HUMANOS] CCD BRIGADA DE SAN JUSTO

Elsa Pavón: “Desde hace 40 años sigo preguntando dónde están, qué fue de ellos, qué pasó”

La compañera incansable de Chicha Mariani declaró en La Plata en el juicio por la desaparición de su hija Mónica y su yerno. Contó el derrotero para encontrar a su nieta que fue apropiada y cómo la recuperó en 1984. Un testimonio conmovedor.


Por:
Virginia Ilariucci

En la audiencia del pasado miércoles del juicio por los delitos cometidos en la Brigada de San Justo declaró Elsa Pavón, la abuela que pudo recuperar a su nieta cuando la democracia estaba despertando. Paula Eva Logares es la primera nieta recuperada por cotejo de ADN y por vía judicial. “Todavía sigo preguntando, desde hace 40 años, dónde están, qué fue de ellos, qué pasó”, dijo al borde de las lágrimas.

El juez Alejandro Esmoris la anunció y la mujer de 82 años ingresó por la puerta de atrás de la sala de audiencias apoyada en su bastón y en un joven que podría ser su nieto. El público que colmaba la sala la recibió con un aplauso y de pie. Se sentó, con tranquilidad, y por una hora relató lo que le tocó vivir con la desaparición a manos de la dictadura genocida de su hija Mónica, su yerno Claudio y su pequeña nieta, a quien pudo recuperar seis años después gracias a su tesón y el de las Abuelas de Plaza de Mayo.
 


Elsa es enfermera y técnica de laboratorio. El 28 de mayo su vida dio un vuelco para siempre. Fue cuando se enteró que diez días antes habían secuestrado en Montevideo, Uruguay, a parte de su familia. Desde ese momento hasta hoy no ha parado de buscar primero a su nieta, y luego al resto de los niños y niñas, hoy hombres y mujeres, apropiados por los represores.

Pero muy especialmente a Clara Anahí Mariani Teruggi, la nieta de Chicha Mariani, su compañera de camino y de lucha, que falleció este año sin haber podido encontrarla.



A Mónica Sofía Grinspon la llamaban “Yoyo” o “Flaca” y a Claudio Ernesto Logares le decían "Piru" o "Pirulo". Militaban en columna oeste de la organización Montoneros. Como estaban siendo perseguidos, deciden mudarse a Uruguay. Tenían 23 y 22 años respectivamente cuando fueron secuestrados el 18 de mayo de 1978 junto a su hija Paula, que por entonces tenía veintitrés meses, en Montevideo. Ese día era feriado y llevaban a la niña al tradicional Parque Rodó, y en una parada de colectivos, frente al viejo cine Miami, fueron abordados por una patota que los encapuchó, incluida la niña, los subieron a dos autos y se los llevaron.

Lo primero que hizo Elsa fue viajar a Uruguay. Allí pudo saber los detalles del secuestro a través de quienes lo presenciaron: quien vendía las entradas en el cine, el caramelero, una chica argentina que vivía en la zona. Pero nada de su paradero. Regresó a Argentina con las manos vacía. Pero entendió que debía dividir las búsquedas: por un lado a su hija y su yerno, y por el otro a Paula.


[Elsa se abraza con Victoria Moyano Artigas, hija de sobrevivientes y gran amiga de su nieta, Paula Logares - Foto: El Teclado] 

Según lo que pudo averiguar Elsa a través del testimonio de sobrevivientes que compartieron cautiverio con ellos, fueron llevados a la Brigada de San Justo el mismo día del secuestro. Ambos fueron llevados a mediados de junio de 1978 al centro clandestino Pozo de Banfield, donde permanecieron aproximadamente hasta fin de ese mes, cuando fueron trasladados con rumbo desconocido. Tanto Mónica como Claudio permanecen desaparecidos.

En una oportunidad se entrevistó con el vicario castrense, monseñor Emilio Graselli, para pedirle ayuda para encontrar a Mónica y Claudio y a su nieta. Elsa enseguida percibió que estaba más interesado en sacarle información que en ayudarla, pero sí le dijo que habían sido detenidos en Uruguay y que sabía que la nena estaba en Buenos Aires. “Usted sabe como son estas cosas, los traen en un Hércules entre gallos y medianoche. Yo le devuelvo la nena pero usted olvídese de los padres”, le propuso el cura.
 


La abuela buscó a la niña por todos lados, hospitales, hogares de niños, Casa Cuna, Iglesias. Un día estaba en un juzgado de La Plata y se encontró con cinco señoras que estaban en su misma situación. Se acercaron, conversaron y le ofrecieron reunirse con ellas para ir juntas a una audiencia con un juez de menores, así trabajar en conjunto.

Una de ellas era María Isabel Chorobik de Mariani, “Chicha”, una de las fundadoras y primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Chicha buscaba a su nieta Clara Anahí que fue secuestrada de la casa familiar el 24 de noviembre de 1976 luego de un feroz ataque de las fuerzas conjuntas en donde asesinaron a cinco militantes, entre ellos a su madre, Diana Esmeralda Teruggi. El hijo de Chicha, Daniel Mariani, fue asesinado meses después en plena calle.



El primer dato que Elsa recibió fue por unas fotos que, en 1980, una abuela uruguaya le mandó. En el reverso de una de ellas había una dirección: Malabia al 3000, en Buenos Aires. “Esta nena es uruguaya, pero dicen que se la llevaron a la Argentina, quizá sea la que estás buscando”, le dijo la mujer, y esa fue la punta del ovillo. Fue hasta allí, la vio. Era ella. Cuando volvió, la familia apropiadora se había mudado y la volvió a perder.

Con la dictadura ya en retroceso y la apertura política se empezaron a divulgar en murales y por los medios las fotos y los datos de las desaparecidas embarazadas o secuestradas con sus hijos para poder ubicarlos. Fue en 1983 cuando un hombre denunció en el CELS que en su edificio vivía una niña que estaban buscando. Se dio aviso a Abuelas y el ovillo estaba nuevamente en sus manos.
 


Con todos los datos necesarios, el primer día hábil de la democracia a las 7 de la mañana, Elsa se presentó ante la Justicia. Paula Eva Logores recuperó su identidad el 13 de diciembre 1984.



Volvieron a ubicarla, y si, era Paula. Elsa comenzó a hacer una tarea detectivesca. Necesitaban saber el apellido de los apropiadores para poder hacer la denuncia. Todos los días, la abuela se levantaba muy temprano, se tomaba dos colectivos para llegar desde Banfied hasta Chacarita, para hacer las compras diarias en el barrio de la niña y así mimetizarse con los vecinos. No llamar la atención. Observar sus movimientos, saber a que escuela la llevaban, y verla, a hurtadillas, crecer. “Tuvimos que investigar en terreno enemigo”, dijo la abuela ante los jueces del Tribunal Federal N° 1.

Un día, otra de las hijas de Elsa se acercó a la nena en la puerta del colegio. Le empezó a dar charla y Paula, sin temor y como si supiera que era su tía, caminó a su lado y le contestó lo que le preguntaba. Así supieron el apellido: Lavallén. Paula Eva fue apropiada por el Subcomisario de la Brigada de San Justo Rubén Lavallén, junto con su esposa Raquel Teresa Mendiondo, que la anotaron como propia con una partida de nacimiento falsa firmada por el policía médico de la Brigada Jorge Vidal (imputado en este juicio), como si la niña hubiera nacido en octubre de 1978, robándole, además de su familia, dos años de su vida.

Con todos los datos necesarios, el primer día hábil de la democracia a las 7 de la mañana, Elsa y sus abogadas se presentaron ante el Juzgado Federal n° 1 de Buenos Aires para hacer la denuncia y poder recuperarla. Paula Eva recuperó su identidad el 13 de diciembre 1984. Con ella se utilizaron por primera vez las pruebas de ADN que finalmente se convirtieron en una herramienta indiscutible. Fue el juez Andrés D'Alessio de la Cámara de Casación quien las presentó e hizo el cambio de guarda.


[Elsa entró a la sala aplaudida entre los presentes - Foto: El Teclado]

“Ella no quería saber nada conmigo, le habían dicho que yo era una vieja loca que decía que ella era mi nieta pero que eso no era cierto”, rememoró Elsa sobre ese primer encuentro. Pero luego le mostró fotos en la que estaba con sus papás, fotos de ella de bebé, y una de los últimos días antes de que los secuestraran, en la que estaba sola, en Plaza Cagancha. Allí se reconoció. Supo que era ella. Elsa le habló de sus padres, que a ella no le salía decir Claudio y lo llamaba “Calio”. La niña lo repitió dos veces, como recordando, “Calio, Calio”, se largó a llorar y se durmió.

“Yo quiero entender por que se llevaron a los mejores de su generación”, se lamentó en otro tramo de su testimonio. Al finalizar, Elsa recibió otro aplauso cerrado y de pie. Se paró con cuidado, se dio vuelta y lanzó al público que la ovacionaba una cálida sonrisa de agradecimiento. Elsa no sonríe mucho, pero cuando lo hace se le iluminan los ojos. Una mujer gritó entonces, tres veces: “¡Mónica y Claudio!”, “¡Chicha Mariani!”, y a cada una todo el público respondió “¡Presentes! ¡Ahora y siempre!”. [El Teclado]

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